El padre Terrier era un hombre culto, había estudiado desde teología, había leído a los filósofos y había profundizado en la botánica y la alquimia. Cogió al niño en brazos y los acunó, le llamaba chiquirrinin, se pensó por un momento que era de su sangre y que estaba casado. Le olió el pelo y no olía a nada, pero se pensó que los bebés bien aseados y nutridos no olían a nada. Cuando se despertó Grenouille, parpadeaba muchísimo, aunque parecía que casi no veía, aunque si que levantó la nariz y husmeó a el padre Terrier. El padre se sintó tan sucio por la forma en la que le olió que se le olvidó por completo la idea que había tenido hacía unos momentos: que ese bebé fuera de su propia sangre y poderlo cuidar y alimentar él mismo. Por ese motivo quería deshacerse de Grenouille como fuera, conocía a muchas nodrizas y muchos orfanatos, pero todos estaban demasiado cerca, y no quería que le pasara otra vez como le pasó con Jeanne Bussie. Lo llevó al convento de la Madeleine de Trenelle, de una tal madame Gai
llard, que aceptaba niños de cualquier edad y condición. Ésta lo aceptó y el padre le pagó un año por adelantado. Volvió a la ciudad y ya no supo nada más de él.