Baldini, un perfumista que ahora no estaba en su mejor momento, entró en su tienda y subió directo a su despacho para crear un nuevo perfume que le encargó un conde. Chénier (el ayudante de Baldini), supuso que su jefe no sería capaz de crear un nuevo perfume que superara el que estaba de moda por aquel tiempo y que lo mandaría a comprar el perfume de moda para copiarlo, aunque a Baldini no le sentó muy bien, ya que él era un
excelente perfumista.